La vitamina C no evita la gripe pero protege de sus daños colaterales

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Los remedios caseros para la gripe son muy variopintos. Aquellos que peinamos canas recordamos la leche calentita con miel o con una yema de huevo, incluso con algo de ponche. Pero hay uno que sobrevive al paso del tiempo y podemos considerar el más conocido y aceptado: una buena dosis de vitamina C.

¿Hay alguna razón con base científica para recurrir a la vitamina C como remedio frente a la gripe? No, no la hay para los síntomas directos. Aunque sí para las posibles secuelas.

Aunque algunos estudios han mostrado cierta capacidad de la vitamina C para prevenir algunos de los síntomas de la gripe, la realidad es que presentan problemas de diseño. De hecho, cuando se ha realizado un estudio exhaustivo analizando múltiples intentos para determinar si el tratamiento con vitamina C de verdad mejora los síntomas de la gripe, los resultados han sido nulos o muy modestos y solamente con dosis excesivamente altas tales como 1 gramo diario. Muy lejos de lo que contiene un vaso de zumo de naranja o un puñado de fresas, por ejemplo.

De hecho, los últimos estudios sobre estudios clínicos –lo que conocemos en el mundo científico como metaanálisis y revisiones sistemáticas– concluyen tajantemente que solo las vacunas producen efectos preventivos, mientras que el efecto de la vitamina C es insignificante o nulo en cuanto a los síntomas directos de la gripe.

Vitamina C: un gran antioxidante soluble:

Nuestro cuerpo dispone de antioxidantes moleculares que se pueden clasificar como hidrosolubles o solubles en agua, como la vitamina C y el glutatión, y liposolubles o solubles en grasas, como el coenzima Q10 y la vitamina E.

Estos antioxidantes cumplen una función esencial: reducen los niveles de radicales libres provenientes del metabolismo del oxígeno o el nitrógeno, como el superóxido o el agua oxigenada, y otros más reactivos que atacan fuertemente al ADN produciendo mutaciones, como el radical hidroxilo o el peroxinitrito.

Los antioxidantes solubles en agua reducen el daño oxidativo eliminando algunos de estos radicales libres. Por su parte, los solubles en grasas bloquean la oxidación de las membranas previniendo múltiples efectos sobre la actividad celular. También evitan la muerte de las células por un mecanismo conocido como ferroptosis.

Los antioxidantes necesitan enzimas que los reciclen:

Para que un antioxidante sea útil en nuestras células necesita enzimas que los reciclen continuamente. Así se crea un ciclo en el que la versión activa de la molécula antioxidante se consume una y otra vez al reaccionar contra los radicales, pero las enzimas antioxidantes presentes en las células las reciclan para que pueda volver a reaccionar.

A este ciclo se le conoce como ciclo de óxido-reducción, ya que el antioxidante se oxida y reduce al radical libre, eliminándolo. Por lo tanto, para que las moléculas antioxidantes puedan cumplir su función deben disponer de enzimas antioxidantes en suficiente cantidad y capacidad como para reciclarse sin parar.

Por eso, atiborrarse de suplementos antioxidantes no tiene mucho sentido si lo que no funciona en nuestro cuerpo son las enzimas que mantienen a estas moléculas activas. Y cuando el cuerpo se encuentra en desequilibrio, como ocurre en enfermedades crónicas metabólicas o en el envejecimiento, estas enzimas antioxidantes funcionan relativamente mal o casi desaparecen.