Ton Lluberes S.J., siempre

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Los fines de semana me invitó a viajar junto a un grupo de profesores radiales en la “guagüita” de Radio Santa María para encontrarnos con los oyentes de la emisora en zonas apartadas.

Comencé a trabajar con él en 1990. Mi primer reto fue un espacio diario en la revista radial “Juventud Pa’lante”, con un segmento sobre música.

Mi comentario sobre la pieza presidía la difusión de la misma. Todo en cinco minutos. La intención era no aburrir al oyente, sino brindarle una breve información sobre la historia de la melodía, su intérprete y datos sobre las circunstancias de su creación.

Después puso en mis manos la papelería del concurso de décimas, con la misión de escarbar la mejor propuesta.

Le entregué dos antologías que fueron publicadas un tiempo después.

Posteriormente me invitó a viajar, junto a un grupo de profesores radiales, en la “guagüita” de Radio Santa María para encontrarnos con los oyentes de la emisora en zonas apartadas.

Fue la primera vez que comí las fresas de Constanza. También conocí la temperatura bajo cero en aquellas lomas donde las gentes se abarrotaban para vernos, tocarnos y saber que éramos de carne y hueso.

Con el padre Ton y otros buenos amigos, conocí todo el Cibao. Lo acompañé a las grandes empresas de Santiago de los Caballeros a buscar presupuesto para la emisora y realicé algunas entrevistas a personas humildes, que aprendieron a leer y escribir a través de las Escuelas Radiofónicas.

Un buen día emigré a Santo Domingo, con el fin de tener un presupuesto mayor para ayudar a mi familia en Cuba.

Antes de partir me comentó sobre la idea de crear un concurso de cuentos y me propuso prepararme para ser jurado.

Pero los míos necesitaban mi ayuda urgente. Él lo comprendió y me dejó ir.

Fui incapaz de pedirle ni un centavo por mis servicios profesionales, a pesar de sobrevivir con un pequeño salario gracias a mi labor en la Universidad Tecnológica del Cibao.

A Radio Santa María iba mi vocación periodística y mi deseo de servir sin pedir nada a cambio, algo que aprendí del padre Ton.

En 2007 mi compatriota Eduardo García Tamayo S.J. me invitó a formar parte del jurado del concurso de cuentos.

Nunca tendré cómo agradecerle al sacerdote jesuita que me haya vuelto a mis orígenes, pues desde esa fecha no solo he trabajado en el concurso, sino en cuanta tarea se me ha encomendado, ahora bajo la dirección de José Victoriano S.J., director general de la emisora.

Seguí colaborando con el padre Ton en Fe y Alegría y en el Instituto Loyola. Recuerdo el apoyo de Listín Diario a su campaña por alcanzar el 4% para la Educación. Asistía al menos una vez a la semana en busca de noticias y testimonios para apoyar su labor.

Un sabio
Nos vimos pocas veces fuera de sus responsabilidades curiales.

Intelectualmente estaba preparado para discutir cualquier tema de filosofía, historia, literatura y cine.

En una ocasión me reprochó mis críticas hacia el Clint Eastwood de sus filmes comerciales.

Ya en sus últimos años, en plena Era Digital, divulgamos a través de esta “Ventana” la revista “Raíces”, órgano de la Compañía de Jesús, de la cual era su armador, guía, recopilador, corrector y distribuidor, aunque su nombre no figurara en la mancheta de la publicación.

Ese fue otro gesto de su inolvidable humildad, y su modestia.