Recuerdo de un campeón

0
83

Pese a su fama de cascarrabias, mi abuelo tenía la virtud de ser un buen amigo. Su lealtad se repartía entre sus amigos íntimos, los miembros de la familia que no figuraban en la lista de “los que cayeron en desgracia”, el Trío Matamoros y Jack Veneno, “campeón de la bolita del mundo” y estrella del programa Lucha Libre Internacional que se transmitía por Color Visión cada sábado al mediodía. Mi papá lo hacía rabiar.

Le decía que esos combates eran puro show, que las patadas voladoras y los gestos de dolor eran una farsa. Mi abuelo esperaba a que su hijo llevara sus argumentos hasta el final, con los ojos entornados y los labios extendidos, en apremiante posición de réplica. ¡Pero si él mismo había saltado las cuerdas del ring durante un combate! Esa tarde el luchador resultó malherido.

Se recuperaba de un golpe mortal, varado contra las cuerdas. Entonces mi abuelo, que era un caballero de fina estampa, se le acercó ofreciéndole su pañuelo blanco: “¡Vamo arriba, campeón!”. Jack Veneno usó el pañuelo para limpiar la sangre que brotaba de su frente magullada. Era la prueba que dejaba sin palabras a los hombres de poca fe: un pañuelo manchado con su sangre seca. Hay que creer en algo, decía el viejo.

El hombre necesita creer en algo, y entregarse a esa creencia, no con fe ciega, pero sí con gran pasión. Quizá mi abuelo siempre supo la verdad, que su héroe no era invencible y que, como él mismo hace algunos años, del polvo había venido y al polvo volvería.