En el entorno de la Atarazana

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Mientras en algunas de las calles de la Ciudad Colonial filman escenas de la película ‘Arthur the King’, con el actor Mark Whalberg, aprovecho la mañana para llegar con mi hijo Alexis a la Cuesta de la Atarazana. Mas para estacionar vamos primero detrás del Centro Cultural de las Telecomunicaciones (el museo que muestra la historia y evolución de los medios de comunicación en el país). Encontramos parqueo pagado en un pequeño estacionamiento: RD$ 100.00, por adelantado.

Caminamos hasta Plaza de España, junto al Alcázar de Colón o Palacio del Virrey Don Diego, del cual escribiré otro día. En una esquina, ante un letrero se detiene Alexis. ‘¿Qué dice?’ ‘WiFi Park. Punto WiFi Gratuito’, responde. Con razón hay varias personas en bancos a la sombra mirando el celular en sus manos. Una refrescante brisa nos envuelve mientras atravesamos la explanada para llegar a la escalinata que, al fondo a la izquierda, desciende hasta la zona de la Atarazana. Desde lo alto observo abajo el conjunto: la Cuesta de la Atarazana, con una plazoleta donde se levanta una estatua de Salomé Ureña de Henríquez, las Atarazanas Reales (de este edificio hablaré próximamente) y la Puerta de la Atarazana.

Vecinos del lugar

Caminamos por la Cuesta de la Atarazana, una calle de cuyos inicios poco se sabe. ‘Vivieron gente de oficio: toneleros, guardas del río, pescadores, candeleros, herreros, sastres, zapateros, torneros y herradores’, cuenta María Ugarte en Monumentos Coloniales.

De la historia más reciente hay presencia de Juan Pablo Duarte: su padre tenía aquí una ferretería. Y ya a principios del siglo XX, en una casa junto a la Puerta de la Atarazana, cuando en el país no se conocía todavía la acupuntura, un médico chino especializado en odontología curaba el dolor de sus pacientes introduciéndoles agujas en puntos estratégicos del cuerpo. Así nació el refrán que se repite cuando no hay esperanzas de curación para una persona enferma: ‘No la salva ni el médico chino’.

‘Apéame uno’

De trazado oblicuo e irregular y decorada con típicos faroles españoles, la Cuesta de la Atarazana se llamó en principio Calle de la Herrería. A inicios del siglo XX predominaban aquí tiendas de ‘ropa de hombre propiedad de comerciantes árabes, establecimientos a los que el pueblo designaba con el nombre pintoresco de ‘Apéame uno’, cuenta Ugarte. Luego, señala, degeneró en zona de mala reputación. Hasta que sus casas fueron restauradas en la década de 1970. Y en su entorno abrieron con el tiempo importantes restaurantes que ofrecen diferentes tipos de comida.